Declaración del presidente ejecutivo de la Asociación Mundial para el Desarrollo con motivo del Día Internacional de la Democracia
La democracia en la era de la responsabilidad
Con motivo del Día Internacional de la Democracia, la Asociación Mundial para el Desarrollo desea plantear ante la comunidad internacional una convicción y una reflexión.
Nuestra convicción es que la democracia sigue siendo uno de los avances más decisivos de la humanidad. Ha transformado profundamente la relación entre los pueblos y el poder, ha consagrado las libertades fundamentales, ha reconocido la soberanía popular, ha organizado la participación ciudadana y ha favorecido la transmisión pacífica de las responsabilidades públicas.
Nuestra pregunta es aquella que nuestra época ya no puede posponer: ¿logra la democracia, en su funcionamiento actual, responder plenamente a las aspiraciones de los pueblos?
Esta cuestión no pone en tela de juicio el ideal democrático. Por el contrario, refleja la necesidad de preservarlo examinando con lucidez los límites que revelan hoy en día el funcionamiento de las instituciones, el ejercicio del poder y las prácticas de los distintos actores.
Y es que la democracia ha avanzado, pero las expectativas de los pueblos también han evolucionado.
Los ciudadanos ya no se conforman con que se les consulte. Quieren que se les escuche y ejercer una influencia real sobre las decisiones que afectan a su futuro. Ya no se conforman con ser representados. Esperan que se comprendan sus realidades, que se tengan en cuenta sus prioridades y que la acción pública genere mejoras perceptibles en sus vidas.
Es precisamente en la brecha entre los principios democráticos y la experiencia vivida por la población donde se encuentra hoy en día una de las grandes debilidades de la democracia.
Cuando la participación ciudadana ya no conduce a una influencia real en la toma de decisiones públicas, cuando las instituciones no responden con suficiente eficacia a las transformaciones de la sociedad, cuando los avances económicos y sociales siguen estando alejados de una parte importante de la población, la confianza se debilita.
Ahora bien, ninguna democracia puede subsistir a largo plazo basándose únicamente en sus principios si los pueblos ya no se reconocen en su funcionamiento.
El éxito democrático no puede evaluarse únicamente en función de la periodicidad de las consultas electorales, por muy esenciales que sean. También se mide por la calidad de las instituciones, el ejercicio responsable del poder, la participación efectiva de los ciudadanos, el respeto al Estado de derecho y la capacidad de la acción pública para promover un progreso compartido de forma sostenible.
La democracia debe garantizar la libertad, la igualdad ante la ley, la pluralidad de opiniones y la libre expresión de la voluntad popular. Pero también debe ser capaz de traducir estos principios en gobernanza responsable, justicia, seguridad, perspectivas de futuro y dignidad.
Las elecciones confieren la legitimidad necesaria para el ejercicio del poder. No eximen ni de la obligación de rendir cuentas, ni del deber de servir, ni de la exigencia de resultados ante el pueblo.
No se trata de convertir la democracia en la respuesta inmediata a todas las dificultades humanas. La democracia, por sí sola, no constituye ni una política económica, ni un programa social, ni una garantía automática de prosperidad. Sin embargo, debe crear las condiciones que permitan a los ciudadanos participar, controlar el ejercicio del poder, exigir rendición de cuentas y contribuir a la corrección de aquellas decisiones que no respondan al interés general.
Un sistema democrático no puede conservar de forma duradera la confianza de los pueblos si no es capaz de escuchar, de corregirse, de adaptarse y de actuar en beneficio de aquellos de quienes deriva su autoridad.
Las debilidades que observamos no se refieren, por tanto, únicamente a las instituciones. Revelan asimismo una crisis de confianza, de responsabilidad, de participación y de resultados.
Esta situación interpela a los Estados, pero no afecta únicamente a estos. Implica asimismo la responsabilidad de las instituciones internacionales, los actores políticos, los socios para el desarrollo, las fuerzas económicas y sociales, los medios de comunicación, la sociedad civil y los propios ciudadanos.
Cada uno contribuye, a su nivel, a la solidez o al debilitamiento de la democracia.
Los retos del mundo también han adquirido una nueva dimensión. Las desigualdades, los conflictos, los desplazamientos de población, el cambio climático, las transformaciones tecnológicas, la desinformación y las nuevas formas de manipulación de la opinión pública ponen a prueba a unos sistemas democráticos que no siempre han evolucionado al mismo ritmo que las sociedades.
La democracia no puede responder a los retos del presente únicamente con los mecanismos del pasado. Debe renovar sus métodos sin renunciar a sus principios, modernizar sus instituciones sin debilitar las libertades y buscar la eficacia sin sacrificar el control del poder.
La Asociación Mundial para el Desarrollo considera que ha llegado el momento de iniciar una reflexión internacional en profundidad sobre el rendimiento democrático.
Este rendimiento no debe confundirse únicamente con la eficacia gubernamental. Un poder puede actuar con rapidez sin ser democrático. El rendimiento democrático debe evaluarse a través de cuatro requisitos indisociables: la protección efectiva de las libertades y del Estado de derecho, la participación continua de los ciudadanos, la obligación de rendir cuentas en el ejercicio del poder y la transformación de la decisión pública en progreso compartido.
El primer requisito es el de las libertades y el Estado de derecho. La voluntad de obtener resultados no puede justificar el debilitamiento de los derechos fundamentales, de la justicia, del pluralismo, de la libertad de expresión o de las instituciones encargadas de controlar el poder.
La segunda exigencia es la de la participación continua. La soberanía popular no puede expresarse únicamente en el momento de las elecciones. Los ciudadanos deben poder contribuir a la elaboración, el seguimiento y la evaluación de las políticas públicas que afectan a sus vidas y a las de sus comunidades.
La tercera exigencia es la de la responsabilidad pública. Ejercer el poder implica aceptar explicar las decisiones adoptadas, rendir cuentas sobre el uso de los recursos públicos, evaluar los resultados obtenidos y corregir las deficiencias detectadas.
La cuarta exigencia es la del progreso compartido. El crecimiento económico, la innovación y las políticas públicas deben mejorar de manera concreta las condiciones de vida, reducir la exclusión y abrir perspectivas a todos los sectores de la sociedad. Una democracia no puede considerarse plenamente realizada si alguna de estas exigencias permanece separada de las demás de forma duradera.
La reflexión internacional que anhelamos debe, por tanto, ir más allá de la valoración formal de los sistemas para cuestionar su capacidad real de servir a los pueblos, proteger su dignidad, garantizar su participación, prevenir la exclusión y transformar la toma de decisiones públicas en progreso colectivo.
La democracia del mañana deberá estar más cerca de las realidades humanas, ser más inclusiva en la representación, más exigente con quienes ejercen el poder y más responsable en sus resultados. Deberá involucrar en mayor medida a las mujeres, a los jóvenes, a las personas con discapacidad, a las poblaciones vulnerables y a todas aquellas personas cuya voz sigue sin ser suficientemente escuchada. Asimismo, deberá proteger el debate público frente a la desinformación, las manipulaciones tecnológicas, los discursos de odio y las fuerzas que convierten las divergencias en divisiones irreconciliables. Por último, deberá devolver un sentido concreto a la soberanía del pueblo.
La historia ha confiado a nuestra generación una responsabilidad especial: no permitir que se instale la idea de que las deficiencias de la práctica democrática condenan al propio ideal democrático.
Nuestro deber no es ni renunciar a la democracia ni conformarnos con sus logros. Nuestro deber es hacerla evolucionar.
Debemos pasar de una democracia organizada principalmente en torno a la conquista y el ejercicio del poder a una democracia de participación continua, de responsabilidad pública y de resultados en beneficio de los pueblos.
En este Día Internacional de la Democracia, la Asociación Mundial para el Desarrollo hace un llamamiento a los dirigentes, las instituciones internacionales, los parlamentos, las administraciones locales, los socios para el desarrollo, los actores políticos, las fuerzas económicas y sociales, los medios de comunicación, la sociedad civil y los ciudadanos del mundo para que emprendan esta renovación con valentía y lucidez.
La democracia solo podrá conservar la confianza de los pueblos si sigue siendo capaz de merecerla.
Por lo tanto, ya no es solo el momento de defender la democracia. Es el momento de cumplir su promesa.
Redactado con motivo del Día Internacional de la Democracia
15 de septiembre de 2026
Presidente ejecutivo
Hugues B. GNIMADI
Asociación Mundial para el Desarrollo — AMD
Por un progreso sostenible de los pueblos y las comunidades